El Peso de la Ola
Me esparce crema solar por el cogote. Aunque sus manos se desdibujan con cada movimiento, como si estuvieran hechas de sombra.
—Ya está —gruñe, y su voz resuena como un eco dentro de mí.
Un escalofrío me atraviesa, y giro la cabeza, incómoda. Pero lo que veo no es humano: una sombra sin rostro, que comienza a alargarse trepandose rapidamente por la arena hacia el océano.
La ola se alza imparable. Hundiendome en oscuridad, mientras el oceano ruge en complicidad. Mis piernas no responden; quiero correr, pero mi cuerpo no obedece. Y entonces lo siento: un ardor desgarrador en mi interior. El líquido rojo se desliza por mis muslos, mezclándose con la arena. Mi voz no sale. Solo el eco de su gruñido lo llena todo.